La falla del poderío venezolano en el Clásico

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Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

Parece haber una disposición distinta entre los peloteros venezolanos de cara al Clásico Mundial de Béisbol, a comenzar el próximo seis de marzo en una de las sedes en Seúl, en comparación a años anteriores; o por lo menos así parece con la parte ofensiva del conjunto vinotinto.

Miguel Cabrera, Carlos González, José Altuve, Ender Inciarte, Pablo Sandoval, entre otros, han estado entrenando en las instalaciones de FIU en Miami, con la meta de mejorar lo hecho en la última edición del torneo, cuando no lograron avanzar de la primera ronda, a pesar del talento con el que contaban en sus filas.

Pero el problema que veo en la plantilla de este año no son ellos, el corazón ofensivo luce bien, incluso como uno de los mejores del Clásico Mundial, el asunto complicado llega cuando se comienza a analizar el staff de lanzadores.

Lejos quedaron aquellos tiempos cuando la rotación la conformaban nombres como Johan Santana, Carlos Zambrano, Freddy García, Kelvim Escobar y el propio Félix Hernández (en su mejor momento), junto con uno de los mejores cerradores en las Mayores, Francisco Rodríguez, esperando su turno para ponerle punto final a los encuentros.

La realidad que vive el conjunto venezolano no podría ser más distinta. La rotación ve a un Hernández –tras su peor temporada en las Grandes Ligas—como el único con un nivel digno para pensar en un título mundial. Carlos Carrasco, quien pudo ser el segundo mejor abridor de su país, no asistirá al torneo por lesión, lo que deja al conjunto con  Eduardo Rodríguez, Martín Pérez, Jhoulys Chacín y Williams Pérez disputándose los siguientes puestos; nombres muy distintos a los mencionados anteriormente.

En un torneo tan corto como este el cuerpo de lanzadores es fundamental; una debilidad que contrasta, y que podría opacar al poder ofensivo de Cabrera, Altuve, Salvador Pérez, Rougned Odor, González y otros.

Vizquel, que hasta hace pocos días aún no contaba con la certeza de ser el mánager de Venezuela, desempolvando teorías políticas que al final fueron enterradas luego de que los propios peloteros implantaran su voz de un posible boicot si éste fuera suplantado, tendrá la misión de inspirar a sus jugadores para que rocen con la perfección desde la lomita, lo que será requerido para poder soñar con levantar un trofeo en Los Ángeles, en donde se disputará la final.

Para conseguir eso el primero que debe dar el ejemplo es “El Rey Félix”. En el 2016 con los Marineros de Seattle vio los peores registros en ponches y aperturas desde su año de novato en el 2005, aunque hay que destacar que tuvo que batallar diversas lesiones, pero además tuvo su más alta efectividad, 3.82, desde el 2007, sirviéndole para ganar sólo 11 compromisos. Algo que no ayudó fue su breve participación en la liga invernal de su país, en donde a pesar de estar en un nivel muy superior, en dos aperturas y cinco entradas permitió cuatro rayitas para una efectividad de 7.20.

El béisbol es muy impredecible para decir que Venezuela, con el gran poder ofensivo que tiene, no sea capaz de llevárselo todo. Tal vez los bates vinotinto podrán llenar el vacío dejado por el cuerpo monticular, pero no será fácil conseguirlo sin un Félix Hernández actuando como un Cy Young; esa es la clave para el conjunto venezolano.

Se presume que en las ediciones anteriores los integrantes del tricolor fallaron por la falta de interés y responsabilidad de salir bien parados, pero este año, al menos en ese aspecto, han mostrado una actitud distinta. Sin embargo, de allí a que terminen haciendo un buen papel en el próximo clásico existe un gran tramo por recorrer.

La imborrable huella del “Pudge” en Miami

pudge3.jpgRicardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

Sin Iván Rodríguez, en el Marlins Park hoy no estaría colgando un banderín de Serie Mundial. Sin su presencia el hito alcanzado por el equipo en el 2003 no hubiese sido posible.

A pocos días de ser exaltado al Salón de la Fama del béisbol, lo mínimo que merece el boricua es recordar ese memorable, y único año, en el que vistió la camiseta del conjunto que jugaba en el entonces “Pro Player Stadium”.

Lo del 2003 fue un milagro deportivo. El camino de un equipo que a comienzos de campaña se vio obligado a despedir a su mánager, pero que terminó alzando el trofeo de Serie Mundial, bajo la tutela de Jack McKeon, con la importante rotación conformada por Carl Pavano, Josh Beckett, Brad Penny, la eficacia del bate de Derek Lee y Mike Lowell, la letal combinación de los dos primeros bates; Juan Pierre y Luis Castillo, la impenetrable defensa de Álex González en las paradas cortas, y un par de novatos que darían luego de qué hablar, Miguel Cabrera y Dontrelle Willis. Pero todos tenían algo en común, al ser vigilados por un careta recién firmado, conocido por sus múltiples guantes de oro y Jugador Más Valioso de la Liga Americana en 1999 con los Rangers de Texas; Iván Rodríguez.

Al analizar ese roster en la actualidad es entendible cómo los Marlins lograron terminar campeones, pero no siempre fue así. Antes del comienzo del año, Florida (para entonces) se había arriesgado a invertir $10 millones en un receptor de 31 años que venía de padecer múltiples lesiones en las tres zafras anteriores, y por el que nadie se atrevía a apostar –Iván firmó el 31 de enero de ese mismo año.

La misión del careta puertorriqueño era simple; guiar a un staff de lanzadores jóvenes a la postemporada; algo que parecía complicado luego de tener registro de 79-82 en el 2002.

“El Pudge” lo consiguió. A pesar de comenzar lento, promediando .239 hasta el 10 de mayo, a partir de allí ligó para .323 con una de las actuaciones más memorables en la postemporada que se haya visto en años.

Los Marlins del 2003 estuvieron siempre caminando al borde del precipicio, por el cual nunca cayeron, motivo por el que fue un equipo tan entretenido de ver. Consiguieron avanzar como comodín luego de estar a 11 juegos y medio de él, con marca de 19-29 en un punto de la temporada, vencieron a un equipo de los Gigantes de San Francisco que había ganado 100 compromisos, remontaron una serie que muchos creían imposible ante los Cachorros de Chicago de Kerry Wood, Mark Prior y Sammy Sosa –tanto que cuando lo hicieron la lógica decidió culpar a la “Maldición de la Cabra”. Y luego ni los Yankees de Nueva York de Derek Jeter, Roger Clemens y Mariano Rivera, pudieron detener el envión con el que llegaron a la Serie Mundial los Marlins de Florida.

El momento más memorable, tal vez incluso de su carrera, llegó en un período de 24 horas en las que él mismo se encargó de eliminar a los Gigantes en la primera ronda de la postemporada.

En el tercer encuentro de la serie (al mejor de cinco y empatada a una victoria por lado) abajo 3-2 en el décimo inning, con las bases llenas y dos outs consiguió dar el hit para empujar las dos carreras necesarias para dejar a los de la bahía en el terreno y que su equipo tomara ventaja 2-1 en la serie. Al día siguiente la suerte también fue decidida por el boricua, anotando la carrera de la diferencia tras una colisión en el plato, similar a la que tuvo al próximo inning pero del lado contrario, con la careta puesta, y que significaría el último out de la serie.

En la serie ante los Cachorros impulsó 10 carreras, significando un record para el momento, alzándose como el JMV de dicho período que llegó al máximo de siete compromisos. Mientras que su capacidad de manejo de los lanzadores fue la que marcó la diferencia frente a los Yankees.

No encuentro otro ejemplo en que un jugador haya sido tan importante para una franquicia tras disputar un sola campaña con ellos. Pero eso fue lo que sucedió entre Rodríguez y los Marlins, un equipo que logró llevarse todos los méritos gracias al corazón que demostraron en el terreno; un corazón boricua.

 

 

Juguemos a intentar a entender a los Marlins

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Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

Descifrar a la gerencia de los Marlins probablemente sea una de las tareas más complicadas que existan entre los 30 equipos que conforman las ligas mayores. Se ha vuelto costumbre que los de Miami realicen movimientos que dejen hasta al más estudiado del deporte rascándose la cabeza en señal de incomprensión.

Si bien es cierto que hasta la fecha los Peces aún no han movido una sola pieza en el mercado de la agencia libre, sí han comenzado los rumores sobre los posibles objetivos que tendrían en los próximos días, produciendo el mismo sentimiento de incertidumbre mencionado.

Kenley Jansen y C.J. Wilson son los nombres que han generado interés en las oficinas ubicadas en la Pequeña Habana.

Comencemos con Jansen, quien según varios reportes sería el objetivo número uno del equipo; un veterano cerrador de 28 años, que viene de su primera participación en un Juego de Estrellas y de ser un pilar en el bullpen de los Dodgers en la postemporada, tras haber salvado 47 compromisos en la temporada regular con 1.87 de efectividad. Sin duda son números atractivos para cualquier equipo en las Mayores, y para los Marlins, poder conformar un cuerpo de relevo con A.J. Ramos, Kyle Barraclough, junto a Jensen y otros, significaría armar uno de los mejores conjuntos en la liga en lo que respecta a bullpen.

Todo suena muy bonito hasta ahora, pero entendiendo que la principal tarea de un relevista es preservar la ventaja dejada por el pitcher abridor, los de Miami tienen un vacío más importante de llenar.

Hasta ahora la rotación de abridores de los Marlins es la siguiente: Adam Conley, Wei-Yin Chen, Tom Koehler, José Ureña y Jake Esch: la cual sería una potencial a nivel Triple-A, ¿en las Mayores? parece ser todo lo contrario.

De nada sirve un bullpen blindado si tu primer abridor — el encargado de competir contra serpentineros como Jon Lester, Corey Kluber, Clayton Kershaw, Max Scherzer o David Price– es Adam Conley. El trabajo de la oficina de los Marlins parece simple; buscar pitcheo abridor, nada más. Es por eso que la noticia del interés de Jansen causó tanta incredibilidad en el mundo del béisbol.

Ahora bien, el interés de Wilson sí se alinea un poco con esa idea. Sin embargo, la huella de Loria también está bien marcada en ese rumor. C.J. Wilson no ha visto acción en un juego de pelota desde el 28 de julio del 2015, producto de una cirugía en su codo y una más en su hombro.

Los Marlins ya mostraron interés en él en el 2011, cuando éste decidió firmar con los Angelinos, siendo para ese momento uno de los serpentineros más cotizados en el mercado, luego de sus grandes actuaciones con los Rangers de Texas, que le valió asistir a un Juego de Estrellas en su última campaña con ellos. En su primera con los de Anaheim repitió su pase al encuentro del clásico de mitad de temporada, sin embargo ya el serpentinero tiene 36 años, y tras un año y medio alejado de la acción, es imposible descifrar cómo vaya a ser su actuación en la Gran Carpa.

Esta firma sería una apuesta de bajo costo para los Marlins, algo aceptable si ya cuentan con una firma de peso de otro lanzador abridor, pero si las esperanzas de Miami están puestas en Wilson como el as de la rotación, la transacción iría directo al montón de decepciones de Loria.

Como mencioné al comienzo, los Marlins están por mover su primera pieza en el mercado de cambios, por lo que todavía no puede juzgársele por un par de rumores. Pero sin duda no ha sido el mejor comienzo para los de Miami, quienes podrían cometer las mismas pifias que en el pasado, desperdiciando a un núcleo especial de jugadores que tienen a  la ofensiva por no ser capaces de equilibrar la balanza con un cuerpo de abridores capaces de ayudarlos.

Varias veces he mencionado que los Marlins no están lejos de armar un equipo capaz de competir con los mejores en las Grandes Ligas, pero la mala noticia es que también están cerca –con uno o dos errores—de volver a tener que comenzar una reconstrucción, por la falta de prospectos que tienen en las granjas, junto a la ya mencionada carencia de brazos abridores.

Esta temporada muerta es vital para el futuro de los Marlins, sólo queda esperar y confiar en Loria; no hay otra opción.

¿Tenemos cabras en Miami?

Por: Ricardo Montes de Oca

Los Cachorros y los Indios protagonizaron una Serie Mundial histórica, finalizando con los de Chicago alzando el trofeo de Serie Mundial por primera vez en 108 años.

Pero con ambos conjuntos midiendo el pulso en lo más alto del escenario deportivo, aquí en Miami aprovechamos la ocasión para preguntarnos algo: ¿cuándo será nuestro turno, cuánto tendremos que esperar para que la ciudad vuelva a formar parte de un duelo tal?

Los Marlins han sido afortunados. Con apenas 23 años de historia, ya cuentan con dos Series Mundiales en su haber. Pero con la historia que ha tenido el equipo desde ese último viaje al olimpo del béisbol, pareciera que el tiempo pasado no va acorde con la percepción común; esas 13 campañas han sido una eneternidad.

El sufrimiento de los aficionados de los Marlins es mayor al que cualquiera pudiera pensar desde la distancia, para un equipo que “apenas” tiene 13 años sin alzar el campeonato. Cambios inesperados han enmarcado una continua seguidilla de decepciones que recaen una y otra vez en el ya grupo de decepcionados fanáticos, quienes, en contra de su voluntad, se han obligado a alejarse cada vez más del béisbol del sur de florida, luego de malacostumbrarse erróneamente a dos repentinos títulos mundiales.

Theo Epstein, encargado de acabar con las dos “maldiciones” más grandes del béisbol –llevando a los Medias Rojas y a los Cachorros a conseguir el campeonato tras grandes períodos de tiempo sin hacerlo– le dijo a los fanáticos de Chicago hace cuatro años que le dieran ese tiempo para construir un equipo competitivo, y así lo hizo.

De ese conjunto del 2012, el primero bajó las ordenes de Epstein como presidente de operaciones, sólo Anthony Rizzo y Travis Wood, formaron parte de este conjunto campeón de Serie Mundial; ejemplificando que en cuatro años puede armarse una nómina capaz de lograr cosas importantes.

Ahora, ¿en qué parte del proceso están los Marlins? ¿están antes o después de esos cuatro años?

Permítanme ahorrarles y poco de tiempo; con todo y lo aleatorio del béisbol, estoy confiado en la afirmación de que Miami está lejos de un proceso similar.

Luego de presenciar las labores monticulares de la rotación de los Cachorros, conformada por Jon Lester, Jake Arrieta, Kyle Hendricks y John Lackey, y del trabajo hecho por todo el cuerpo de lanzadores de los Indios, encabezado por el abridor Corey Kluber y los relevistas Andrew Miller y Cody Allen, da a entener, una vez más, que el equipo con el mejor staff de serpentineros probablemente sea quien termine alzando el trofeo.

Entonces, con un equipo de los Marlins que cuenta con Wei-Yin Chen como el probable para ser primero en la rotación, es sano decir que no es un buen augurio para el conjunto que juega en la “Pequeña Habana”.

Para entrar en contexto; Chen, o cualesquiera de los demás abridores que tuvieron los Marlins este año, con la clara excepción de José Fernández, estaría ocupando el quinto puesto de la rotación de los Cachorros, o tal vez ni siquiera, con Jason Hammel ejerciendo esa labor. Mientras que comparando el bullpen de los Indios, su fuerte para alcanzar la máxima instancia del béisbol, A.J. Ramos, cerrador de los Peces, quizás estaría designado como relevista ocasional, por detrás de los ya mencionados lanzallamas de la Tribu.

Entendiendo todo esto, los Marlins están lejos de regalarle a Miami un nuevo campeonato con la plantilla actual. Y con la escaces de prospectos que tienen en sus granjas, la fantasía de poder emular lo hecho por los Cachorros en un futuro cercano, cuando éstos subían un prospecto rendidor tras otro, se encuentra cada vez más alejado de la realidad.

Esto no significa que tenga que pasar un siglo para que Miami sea casa de una tercera Serie Mundial, el béisbol es muy impredecible para decir algo tal, pero en un deporte que se rige por la exigencia de los lanzadores, los Marlins no pintan nada bien para competir en la postemporada en las próximas campañas.

PD: Ojalá y está columna sirva pronto como una evidencia del error, y que Miami pueda presenciar pelota de Serie Mundial.

 

 

Miami llora la partida de José Fernández

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Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

El cubano falleció este domingo en un accidente con un bote en Miami Beach

Con una sonrisa; así se recordará por siempre a José Fernández. Un pelotero auténtico, que disfrutaba lo que hacía y que valoraba cada segundo de su vida que pasó uniformado con la camiseta de los Marlins. Vida que terminó, en un abrir y cerrar de ojos, en la madrugada del sábado.

¿Cómo se hacer para describir la vida de José Fernández?

José Fernández es el retrato de los cubanos en Miami. El reflejo del llamado “sueño americano”, que a pesar de las mayores dificultades, había conseguido su sueño de lanzar en las Grandes Ligas.

“Lo logramos”, fueron las palabras de Fernández cuando subió a la loma por primera vez en su carrera con los Marlins de Miami. Refiriéndose a él, a su familia y a todos los cubanos que sueñan con lo que en ese momento estaba viviendo.

Esas palabras significan mucho. “Lo Logramos” no tiene el mismo significado que la mayoría de los peloteros que consiguen la meta de jugar en las Grandes Ligas. “Lo logramos” significa haber superado tres intentos fallidos de abandonar la isla, significa haberle salvado la vida a su madre en plenas aguas abiertas del océano, significa haber aprendido el inglés mientras otros niños se enfocaban sólo en jugar, significa haber podido traer, después de años, a su abuela para que lo viera jugar pelota, significa el lujo de poder vivir en libertad. Un aspecto que siempre estuvo consciente de tener.

“Tu naciste en libertad, por eso no entiendes lo que es”, dijo en múltiples ocasiones el talentoso serpentinero nacido en Santa Clara el 31 de julio de 1992, a sus compañeros de equipo, entrenadores o cualquier persona que le preguntara sobre su vida en Cuba.

Es por eso que siempre estaba sonriente mientras jugaba pelota. Para “Joseíto” el béisbol era un juego, nada más; un lujo que la vida le había regalado, que ni una cirugía Tommy John le podía quitar. Ese gusto e intensidad por el béisbol que disfrutaba cada segundo, era contagioso. Lanzara o no, siempre podía verse a Fernández disfrutando en el dogout de los Marlins.

Cómo sentir presión, malestar o frustración por el juego, cuando en algún momento de su vida lo único que podría esperar Fernández era estar vivo.

La vida es cruel e irónica en ocasiones.

La primeras tres veces que Fernández intentó salir de Cuba con destino a Miami—una ciudad que años después lo convertiría en su ídolo—terminó siendo devuelto por la guardia costera y ganándose incluso un período en prisión en Cuba, con 14 años de edad.

La cuarta fue la vencida, cambiando su destino a México, en un viaje que pudo haber terminado con la muerte de su madre, quien había caído al mar producto a la gran marea que azotó al bote que los llevaba, sin embargo Fernández no lo permitió, y saltó al mar en auxilio de su madre, consiguiendo salvarle la vida.

Lo lograron. Llegaron a salvo a tierras mexicanas, en donde tuvieron que enfrentar otros obstáculos para pasar la frontera. Pero lo hicieron, por fin consiguieron ingresar a los Estados Unidos.

Posteriormente se establecieron en Tampa, en donde comenzó a crecer el Fernández pelotero, con logros que posteriormente fueron dignos para ser escogido en el 14to puesto del Draft del 2011 por los Marlins.

Dos años después debutó con el equipo, teniendo una campaña merecedora para ganarse el Novato del Año de la Liga Nacional, con marca de 12-6 y 2.19 de efectividad. Se esperaba que lo mejor estuviera por venir para el serpentinero de para entonces 20 años de edad. Pero en el 2014 comenzaron otros percances, uno que para la mayoría de los lanzadores es una pesadilla.

Fernández necesitó realizarse la cirugía Tommy John en el 2014, tras apenas ocho encuentros. Sin embargo el cubano lo enfrentó como sólo él sabía, con una sonrisa. A pocas semanas de la cirugía, Fernández no dudo en subirse a la tarima en donde estaban cantando su coterráneos “Gente de Zona” en un concierto que estaban dando en el Marlins Park, aún con su brazo inmovilizado, demostrando una vez más, que la vida va mucho más allá del el béisbol.

Siguiendo la tendencia de su vida, tuvo la paciencia y perseverancia para volver en julio del 2015.

Días antes de su fallecimiento y después de maniatar a los Nacionales de Washington con tres imparables permitidos en ocho entradas en blanco –en lo que sería el último juego de su vida—Fernández dijo que simplemente estaba satisfecho por haberse mantenido saludable todo el año.

Y de pronto allí estaban Martín Prado, David Samson, Michael Hill y Don Mattingly compartiendo el podio, con el resto de la plantilla parada detrás de ellos, para hacer oficial la noticia con lágrimas en los ojos; José Fernández falleció, dejando el “qué hubiese pasado” implantado para siempre a su nombre.

José Fernández  ejemplificará por siempre el amor por la pelota; la razón por la que un niño juega béisbol y que él nunca perdió.

Descansa en paz José Fernández.