La incierta realidad de los Marlins de Miami

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Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

La situación actual de los Marlins de Miami es para preocuparse. El buen comienzo de temporada que tuvieron no luce más que un espejismo en la lejanía de un terreno que produjo una efímera, y tal vez ficticia, esperanza de que el equipo pudiera tener un año competitivo.

Aún es temprano. No sería la primera vez que un conjunto de pelota le diera la vuelta a su temporada a poco más de un mes de comenzada. Un ejemplo cercano es el de los mismo Marlins del 2003, cuando despidieron a su mánager luego de 38 encuentros, en los que acumularon marca de 16-22. Luego llegaron a estar 10 por debajo de .500, pero el equipo que jugaba para entonces en Miami Gardens se las ingenió para ganar ese año su segunda Serie Mundial.

Pero esa historia se está convirtiendo en una leyenda, en la que los Marlins parecen mirar cada año, tras un comienzo decepcionante, con la esperanza de repetir algo similar. No ha sido así. Olviden la Serie Mundial, los Marlins ni siquiera han podido clasificar desde entonces.

Esta campaña no ha sido la excepción, al estar sumergidos en una situación que no pareciera tener salida. A diferencia de ese conjunto del 2003, la rotación no cuenta con nombres como los de Josh Beckett, Carl Pavano, Brad Penny y Dontrelle Willis, sin mencionar los Miguel Cabrera, Derek Lee, Iván Rodríguez y Mike Lowell que controlaban la ofensiva.

La situación de los lanzadores es grave. Antes de comenzar la zafra se esperaba que la rotación fuera un problema, y es por ello que se decidió reforzar el bullpen para que balanceara un poco el cuerpo de serpentineros. Pero hasta ahora no hay quien pueda frenar a la ofensiva rival de manera constante.

El bateo no ha estado del todo mal. Pero la cosa preocupa cuando ves que Marcell Ozuna y Giancarlo Stanton, corazón ofensivo del equipo, están dando los cuadrangulares que esperabas, pero no se están traduciendo en victorias.

Sin embargo, cuando intentas buscar respuestas sobre cómo pudiera rescatarse esta temporada, se escucha un vacío abismal que recorre un Marlins Park acostumbrado más al eco que a celebraciones.

Realizar un cambio por un abridor competente luce imposible por la escasez de prospectos que tiene el equipo en las menores, misma razón por la cual no vendrá ningún novato a salvar el año por los Marlins: no hay algún Cabrera, José Fernández o Bryce Harper esperando su turno. Braxton Garrett es el único Marlin que aparece entre la lista de los 100 mejores prospectos en las Mayores (37), y sólo ha tenido una presentación como profesional en su carrera.

La respuesta pareciera ser sencilla, comenzar una nueva reconstrucción al estilo de los Cachorros, cuando cambiaron a sus estrellas, con las que sabían no iban alcanzar grandes cosas, como Alfonso Soriano, Carlos Zambrano o Aramis Ramírez –todos fuera de la liga—para nutrir sus granjas y armar lo que hoy tienen.

Pero hasta que yo sepa Theo Epstein no está en Miami, y esa reconstrucción dependería, hasta ahora, de la misma gerencia que en el 2012 prefirió a Justin Nicolino por encima de Noah Syndergaard, en esa última vez que desmantelaron al equipo.

Pero todo indica que este grupo no estará al frente del equipo por mucho tiempo, lo que cambia el panorama un poco. Ya Jeffrey Loria, propietario de los Marlins, ha dejado claro que no le interesa el futuro de la franquicia, con los contratos que ha negociado y dejando al equipo sin prospectos gracias a cambios innecesarios; como el de Andrew Cashner del año pasado, por nombrar sólo uno.

No se sorprendan si el primer movimiento de Derek Jeter y Jeb Bush, si finalmente son ellos los nuevos dueños del equipo, no sea invertir dinero en la nómina del equipo, sino hacer borrón y cuenta nueva con la franquicia, con la intención de construir desde cero, pero con bases sólidas, un nuevo equipo de los Marlins de Miami.

Además, ¿quién no quiere ver a Jeter como pilar fundamental en la construcción de un equipo competitivo?

Se despeja el panorama para los aficionados de Miami

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Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

No habían redes sociales para entonces. La mejor manera de conocer una noticia era revisando una página web, dándole incansablemente a la tecla “F5” para actualizarla una y otra vez hasta ver lo que estabas esperando. Cuando ocurrió el cambio de Miguel Cabrera y Dontrelle Willis –mi jugador favorito para entonces—ocurrió así, sólo que en esta ocasión no esperaba la confirmación de un hecho, sino la esperanza de un error que negara lo anunciado.

A diferencia de las personas con quienes me juntaba en ese momento, que aupaban a los Yankees, Medias Rojas, Gigantes o Dodgers, yo comencé siendo aficionado de los Marlins, y aunque ese sentimiento se ha diluido producto a mi profesión, aún recuerdo esos momentos en los que sufrí las decepciones producto al manejo del equipo, desde el punto de vista de un aficionado.

Hoy, después de varios capítulos de esos momentos; transacciones, despidos, tomas de decisiones, polémica con el nuevo estadio, finalmente se da a conocer que es inminente un cambio de manos de la franquicia que ahora juega en la Pequeña Habana.

Como fanático nunca entendí los movimientos que hizo, pero ahora como periodista, los comprendo aún menos.

Loria llegó a Miami con un equipo armado por Dave Dombrowski, al cual sólo tuvo que añadirle a Iván Rodríguez –en lo que probablemente haya sido su mejor contratación—para que los Marlins terminaran alzando su segundo trofeo de Serie Mundial.

Todo comenzó bien, pero rápidamente se desboronó. Con todavía el olor a champagne en las calles de Miami, Carl Pavano, Derek Lee y “El Pudge” Rodriguez –pilares del campeonato– ya estaban siendo presentados con otros conjuntos. Un par de años después llegó otra “limpieza”, y canjearon a Luis Castillo, Juan Pierre, A.J. Burnett, Josh Becket y a Mike Lowell. Al menos se quedaron con los dos jóvenes promesas, ¿no?

Eso tampoco duró mucho. El cuatro de diciembre del 2007 fue anunciado que Miguel Cabrera y Dontrelle Willis irían a los Tigres de Detroit a cambio de prospectos. A pesar de la decepción, todavía pensamos que Andrew Miller y Cameron Maybin –dos de los novatos promesas que fueron a los Marlins—podrían traer algo positivo al equipo. El resultado de ambos, al menos en Miami, fue decepcionante.

Loria será recordado como el protagonista de un cambio que podría compararse con el de Babe Ruth cuando pasó de los Medias Rojas a los Yankees, al dejar a ir a uno de los mejores bateadores del béisbol moderno, en Miguel Cabrera, cambio de prácticamente nada.

En fin, después de eso vinieron los Joe Girardi, José Reyes, Heath Bell, Hanley Ramírez, Oswaldo Guillén; uno tras otro.

Pero esa era está llegando a su fin. Y, si todo sale como lo previsto, los aficionados de los Marlins podrán descansar de tanta decepción cuando nada más y nada menos sea Derek Jeter, junto al exgobernador de Florida Jeb Bush y un grupo de empresarios, tome el mando del equipo de Miami.

El escenario no pudo ser mejor. Si hay alguien que sabe cómo ganar en el béisbol es Jeter, y en teoría debería poner a los Marlins en la órbita de los equipos a considerar para levantar el trofeo a final de campaña.

Un par de consejos a los aficionados de los Marlins, como uno que fui. No se desesperen, que el proceso de venta de un equipo que vale $1.300 millones no es tan fácil y rápido como escribir un cheque. Y una vez se finalice el acuerdo para que el grupo de Jeter esté al mando, no esperen grandes cosas en un comienzo, los cambios tardan un poco en engranar; sino recuerden que hasta Loria ganó un campeonato recién llegado.

 

Dejen descansar a José

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Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

Todavía recuerdo perfectamente la mañana en la que se dio a conocer el trágico evento que le quitó la vida a José Fernández. Me desperté, tomé mi teléfono celular y, como usualmente hago, revisó las redes sociales para enterarme de las noticias que ocurrieron a final de la noche anterior y la madrugada del presente día. Sin embargo, todavía no había nada referente al lanzador cubano, eran entre las 7 y 8am, hasta que vi un tweet de un periodista americano, refiriéndose a la lamentable noticia. Al comienzo lo tomé como un rumor, pero cuando comencé a indagar en el tema cada vez eran más los reportes confirmándola. José Fernández había muerto en un accidente en un bote.

Al principio, como la mayoría, no podría creer lo que leía o escuchaba. Recuerdo haber escrito la nota para el DIARIO LAS ÁMERICAS aún con lágrimas en los ojos e incredulidad, en un intento por describir cómo había sido la vida de un ser humano, que con tan solo 24 años de edad había influido tanto en un sociedad; no solo dentro, sino fuera del terreno de juego.

Mucho ha pasado desde ese domingo 25 de septiembre. Los Marlins comenzaron con buen pie la campaña sin su as en la loma, pero con su número 16 implantado sobre el corazón de todos los que visten el uniforme del equipo.

Jeffrey Loria, dueño de los Marlins (por ahora), ha indicado en múltiples ocasiones lo afectado que está por la muerte de alguien que consideraba un hijo. Desde el primer momento se supieron las intenciones de retirar el número del nacido en Santa Clara para que nadie más lo utilizara dentro del equipo. También se le homenajeó dándole su nombre a una calle del Sur de Florida.

Lo que hizo José es digno de recordar, ejemplificando al nombre de Miami a la perfección, incluso hasta demasiado; tanto en lo bueno como en lo malo.

Pero no podemos voltear a otro lado cuando salen a la luz pública los hechos negativos de este incidente. Como todos, José fue humano, pero también hay que reconocer que se equivocó a la hora de tomar ciertas decisiones, una en particular que no sólo le quitó la vida a él, sino a Jesús Macías y Eduardo Rivero, quienes lo acompañaban esa noche en el bote.

No hace falta repetir en detalle los resultados de las investigaciones, pero sí es un factor importante que el miembro de los Marlins iba manejando el vehículo bajo influencias de sustancias no naturales.

Loria dijo que se le construirá una estatua de 9-10 pies fuera del Marlins Park. ¿Por qué no de tamaño natural?, pues porque José era más grande que la propia vida, según el dueño de Miami.

Vamos a acortar el camino; no estoy de acuerdo con el monumento. Entiendo el legado de Fernández, pero también reconozco el punto de vista de las madres de las víctimas tanto de este caso, como las que también han sufrido por la mala toma de decisiones de algunos.

Pero si tomamos lo hecho en el terreno, tampoco es suficiente para homenajearlo con un monumento de este estilo. Por más bueno que haya sido en el montículo, José lanzó en total 76 juegos en las Mayores, en tres temporadas completas. No es suficiente.

Hagamos este ejercicio. De dicho accidente sólo cambiemos el hecho de que José falleció, y pudo sobrevivir al impacto. ¿Qué hubiese sucedido entonces? Probablemente estaría suspendido por una buena cantidad de tiempo por el comisionado de la MLB Rob Manfred, poniendo en riesgo su carrera, por no decir que tal vez estaría enfrentando cargos criminales, y luchando para no acabar tras las rejas. Si ese fuera el caso, ¿los que hoy apoyan ese monumento, estarían respaldando al cubano?

No está escrito un estándar para la realización de una estatua en el deporte, pero no creo que José Fernández haya estado al nivel de Roberto Clemente, Hank Aaron, Juan Marichal, Willie Mays o Ted Williams, por nombrar a algunos que tienen este tipo de homenajes.

Me parece que el hecho de haber puesto el nombre José Fernández nuevamente en una disputa como esta era absolutamente innecesario. Ha llegado el momento de dejar descansar cubano y que su legado en la comunidad hable por sí sola, sin necesidad de que una estatua la certifique.

Comienza el sueño de los Marlins

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Cortesía Instagram @Marlins

Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

Arranca una nueva temporada regular del deporte más impredecible del mundo, factor que resta importancia a cualquier cosa que intente predecir alguno que crea tener algún conocimiento por la pelota.

Pero aunque la predicción se ha vuelto un arte vacío en el béisbol, es necesario al menos analizar los elementos con los que cuenta un equipo previo al comienzo de la campaña regular.

Aquí, gústele a quien le guste, tenemos a los Marlins. Un equipo con una historia extraña, en la que abundan las derrotas, pero que en sus postes de luz cuelgan dos banderines de Serie Mundial (el porcentaje histórico es de .469, con record de 1793-2026).

La realidad es que los dirigidos por Don Mattingly comienzan el 2017 con la segunda racha más larga en las Mayores sin alcanzar la postemporada, detrás de los Marineros de Seattle, sin haberlo conseguido desde el 2003.

Los Marlins lucen como un equipo balanceado, pero que tal vez (en el béisbol siempre hay que cuidarse con expresiones como “tal vez”) su destino se vea bloqueado por ubicarse en una de las divisiones que pinta para estar entre las más competitivas.

Los Mets de Nueva York y Nacionales de Washington deben estar en el tope luchando por los primeros puestos, lo que deja a los de Miami compitiendo contra los Bravos de Atlanta y Filis de Filadelfia –quienes comienzan con unas plantillas mejoradas en comparación a años anteriores—y el resto de la liga por un potencial segundo comodín.

Ese es un claro ejemplo de una predicción arriesgada. Pero esa vendría siendo la palabra clave con la que los Marlins deben ser identificados; balance.

Tal vez no tengan a un as en su rotación de abridores, pero cuentan con cinco serpentineros de calidad. Su bullpen, que fácilmente podría convertirse en el fuerte del equipo, no cuenta con los nombres que tienen los Indios de Cleveland, por ejemplo, pero podría ser uno de los más consistentes en toda la gran carpa.

Mientras tanto a la ofensiva sí tienen a un ancla con el bate en Giancarlo Stanton, quien muchos aseguran tener el poder natural más imponente de las Mayores. Cuentan con sólidos exponentes en el plato con Christian Yelich y Martín Prado. Dee Gordon es, restándole su poca capacidad para negociar boletos, el primer bate perfecto. Marcell Ozuna y Justin Bour son un poco menos predecibles, pero podrían ayudar de manera importante a la causa de los peces.

Sin embargo, quien para mí es la clave para el bateo de los Marlins es, no Stanton, Gordon o Yelich, sino J.T. Realmuto, quien demostró en el 2016 ser un bate de calidad, y que si consigue seguir mejorando podría estar entre la élite de los receptores en la Liga Nacional. Además otro aspecto que le caracterizó en la temporada anterior fue el buen manejo de los lanzadores desde la receptoría. Realmuto sacó a un 35% de los jugadores que intentaron robarle alguna base; el promedio de la liga en el 2016 fue de 27%.

Ese es otro aspecto en el que deben valerse para conseguir victorias; la defensa. Cuentan con dos ganadores al Guante de Oro, Dee Gordon y Christian Yelich, a un potencial ganador en el cubano Adeiny Hechavarría, y dos sólidos en su posición como Ozuna y Prado.

Los Marlins deben tener como ejemplo al conjunto de los Medias Blancas del 2005, ese mismo que ganó la Serie Mundial, y que con un juego de “pelota pequeña y agresiva” lograron ese objetivo.  Es difícil, por no decir imposible o incluso iluso, predecir que este equipo puede lograr algo similar a ese de Chicago, pero al final de todo, el béisbol es el deporte más impredecible que se juega sobre la faz de la tierra. Como dicen por ahí; soñar es gratis.

El éxito oculto del Clásico Mundial

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Ricardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

No es un secreto que el hecho de que Estados Unidos haya conseguido su primer título en un Clásico Mundial de Béisbol es un aspecto positivo para el futuro del evento. Tampoco debe pasarse por alto que Puerto Rico volvió a alcanzar la final, con sus miles de fanáticos apoyándolos desde Guadalajara a Los Ángeles, pero la verdad es que la Major League Baseball –organizadores del torneo—consiguieron el objetivo mucho antes de siquiera definir a los finalistas.

Hay dos objetivos por el cual se decidió organizar un torneo de este calibre. Primero, y el más inmediato, son las ganancias monetarias que se obtienen. Pero la meta principal es otra, una un poco más complicada o incluso utópica; la de globalizar el deporte a niveles alcanzados por el fútbol.

Algunos dirán que es tarde ya para hacerlo, pero probablemente muchos dijeron lo mismo cuando la FIFA decidió hacer lo mismo hace unos cuantos años atrás. Esa es la intención principal, que obviamente al conseguirlo ayudaría a incrementar el primer objetivo mencionado.

El foco no estuvo en la República Dominicana, ni en Venezuela, en los boricuas o en los estadounidenses; ya esas potencias están establecidas. Los verdaderos protagonistas de este Clásico fueron Colombia, Holanda, Israel e Italia, que consiguieron con sus actuaciones que varios organizadores sonrieran a lo lejos, al ver cómo poco a poco puede lograrse ese complicado objetivo.

Muchos aficionados de la pelota no han estado de acuerdo con varias de las libertades que este torneo ofrece. Como por ejemplo el hecho de que un jugador con doble nacionalidad pueda elegir a qué país representar, sin necesidad de comprometerse con ellos para próximas ediciones, o tal vez el hecho de comenzar a partir de la 11va entrada con hombres en primera y segunda.

Pero hay que entender que este evento al ser tan joven –sólo tres ediciones realizadas– no pueden darse el lujo de aplicar ciertas restricciones y atentar contra el propósito principal. No es un secreto que el béisbol necesita reinventarse para poder atrapar a las generaciones jóvenes –en especial en Estados Unidos–, algo que puede llegar a concretarse con varias reglas nuevas que ha implementado el comisionado Rob Manfred, quien ha sido ampliamente criticado por los conservadores apegados a la esencia original de la pelota.

Estas nuevas reglas tienen como propósito atraer nuevo público a los parques, al añadirle ese dinamismo por el cual carece el deporte ante otras disciplinas, como el baloncesto o fútbol, y el cual ha estado buscando Manfred desde su llegada a la comisaría de las Mayores; al querer agilizar el juego desde el día uno.

Tal vez el proceso sea lento, pero no me cabe la menor duda de que, a pesar de contar con una mayoría de jugadores nacionalizados, algún lugar en las noticias de Israel, Colombia, Italia u Holanda salió el desempeño de sus selecciones en el Clásico Mundial; mismas actuaciones que probablemente hayan inspirado a unos pocos niños a decantarse por la práctica a la pelota, dejando atrás la cultura por otros de los deportes que predominan dentro de sus fronteras.

Si en definitiva eso ocurrió –aunque no exista una forma tangible para medirlo en exactitud–, el Clásico Mundial del 2017 puede llamarse un éxito total. Esos niños que ahora verán y jugarán béisbol tienen en un futuro más importancia que todos los récords de ventas que rompió el torneo, porque al final del cuento, la globalización es el punto angular para el futuro del béisbol.