enero 2017

La imborrable huella del “Pudge” en Miami

pudge3.jpgRicardo Montes de Oca

@RicardoEMontes

Sin Iván Rodríguez, en el Marlins Park hoy no estaría colgando un banderín de Serie Mundial. Sin su presencia el hito alcanzado por el equipo en el 2003 no hubiese sido posible.

A pocos días de ser exaltado al Salón de la Fama del béisbol, lo mínimo que merece el boricua es recordar ese memorable, y único año, en el que vistió la camiseta del conjunto que jugaba en el entonces “Pro Player Stadium”.

Lo del 2003 fue un milagro deportivo. El camino de un equipo que a comienzos de campaña se vio obligado a despedir a su mánager, pero que terminó alzando el trofeo de Serie Mundial, bajo la tutela de Jack McKeon, con la importante rotación conformada por Carl Pavano, Josh Beckett, Brad Penny, la eficacia del bate de Derek Lee y Mike Lowell, la letal combinación de los dos primeros bates; Juan Pierre y Luis Castillo, la impenetrable defensa de Álex González en las paradas cortas, y un par de novatos que darían luego de qué hablar, Miguel Cabrera y Dontrelle Willis. Pero todos tenían algo en común, al ser vigilados por un careta recién firmado, conocido por sus múltiples guantes de oro y Jugador Más Valioso de la Liga Americana en 1999 con los Rangers de Texas; Iván Rodríguez.

Al analizar ese roster en la actualidad es entendible cómo los Marlins lograron terminar campeones, pero no siempre fue así. Antes del comienzo del año, Florida (para entonces) se había arriesgado a invertir $10 millones en un receptor de 31 años que venía de padecer múltiples lesiones en las tres zafras anteriores, y por el que nadie se atrevía a apostar –Iván firmó el 31 de enero de ese mismo año.

La misión del careta puertorriqueño era simple; guiar a un staff de lanzadores jóvenes a la postemporada; algo que parecía complicado luego de tener registro de 79-82 en el 2002.

“El Pudge” lo consiguió. A pesar de comenzar lento, promediando .239 hasta el 10 de mayo, a partir de allí ligó para .323 con una de las actuaciones más memorables en la postemporada que se haya visto en años.

Los Marlins del 2003 estuvieron siempre caminando al borde del precipicio, por el cual nunca cayeron, motivo por el que fue un equipo tan entretenido de ver. Consiguieron avanzar como comodín luego de estar a 11 juegos y medio de él, con marca de 19-29 en un punto de la temporada, vencieron a un equipo de los Gigantes de San Francisco que había ganado 100 compromisos, remontaron una serie que muchos creían imposible ante los Cachorros de Chicago de Kerry Wood, Mark Prior y Sammy Sosa –tanto que cuando lo hicieron la lógica decidió culpar a la “Maldición de la Cabra”. Y luego ni los Yankees de Nueva York de Derek Jeter, Roger Clemens y Mariano Rivera, pudieron detener el envión con el que llegaron a la Serie Mundial los Marlins de Florida.

El momento más memorable, tal vez incluso de su carrera, llegó en un período de 24 horas en las que él mismo se encargó de eliminar a los Gigantes en la primera ronda de la postemporada.

En el tercer encuentro de la serie (al mejor de cinco y empatada a una victoria por lado) abajo 3-2 en el décimo inning, con las bases llenas y dos outs consiguió dar el hit para empujar las dos carreras necesarias para dejar a los de la bahía en el terreno y que su equipo tomara ventaja 2-1 en la serie. Al día siguiente la suerte también fue decidida por el boricua, anotando la carrera de la diferencia tras una colisión en el plato, similar a la que tuvo al próximo inning pero del lado contrario, con la careta puesta, y que significaría el último out de la serie.

En la serie ante los Cachorros impulsó 10 carreras, significando un record para el momento, alzándose como el JMV de dicho período que llegó al máximo de siete compromisos. Mientras que su capacidad de manejo de los lanzadores fue la que marcó la diferencia frente a los Yankees.

No encuentro otro ejemplo en que un jugador haya sido tan importante para una franquicia tras disputar un sola campaña con ellos. Pero eso fue lo que sucedió entre Rodríguez y los Marlins, un equipo que logró llevarse todos los méritos gracias al corazón que demostraron en el terreno; un corazón boricua.